28.10.09

Más de 1000 millones de hambrientos en el mundo

por : Isabel Infanta
Jueves 22 de octubre de 2009
Fuente: FT-CI

Uno de cada 6 habitantes de nuestro planeta padece el hambre crónico en el año 9 del Siglo XXI. Una vez más la FAO, organismo de Naciones Unidas para la alimentación y agricultura, nos estremece con estas escalofriantes cifras hacia el Día Mundial de la Alimentación, el 16 de octubre. La divulgación de este repugnante escenario se enmarca en los preparativos para la próxima Cumbre Mundial sobre la Seguridad Alimentaria, que se realizará una vez más a mediados de noviembre en Roma (Italia), donde se reunirán una vez más Jefes de Estado y de Gobierno de todo el mundo, para discutir una vez más - como vienen haciendo desde la fundación de la FAO hace 64 años atrás - aquello que ninguno hace: construir un mundo sin hambre.

Sin duda, la tarea de construir un mundo sin hambre parece inalcanzable a la luz de los resultados que ofrecen los “denodados” esfuerzos realizados por la flamante cúpula del poder político mundial. Del año pasado a este, se sumaron 105 millones de personas a las engrosadas filas de desnutridos que puebla nuestro planeta, cumbre mediante. Paralelamente, este mismo año, hemos sido testigos del desembolso de multimillonarias partidas de dinero de las arcas de varios de estos jefes de estado destinadas a evitar la quiebra de empresas y garantizar las ganancias de bancos y entidades financieras, precisamente aquellas que con la alquimia de la diversificación del riesgo y el apalancamiento de deudas hicieron fortunas mientras se gestaba una de las crisis más formidables del sistema capitalista.

El director general de la FAO, Jacques Diouf, nos plantea el problema: “Los elevados precios de los alimentos se resisten a bajar en todos los países en desarrollo”. Esta genialidad no nos aclara por qué esto sucede, por lo que no se le ocurre más solución que el reforzamiento de los planes de asistencia alimentaria de emergencia. Lo que no nos dice el Sr. Diouf es que el alza de los precios de los alimentos tiene uno de sus componentes en la especulación, es decir, de demanda a futuro del capital no productivo. Está también asociada a los manejos de las gigantescas empresas imperialistas que concentran la producción y distribución de los productos agrarios del mundo: grandes monstruos toman, en función de sus estrategias de ganancia, la decisión de si la producción agraria se destinará a la producción de biocombustibles, de alimentos para animales o de alimentos para personas. Esta diversificación de los usos de la producción agraria no tiene un correlato equivalente en la producción, lo que ha significado un formidable aumento de las rentas y ganancias a costa de mayores precios de los alimentos.

Sorprende el cinismo de este preocupado benefactor cuando anuncia que “Los trágicos niveles de hambruna que vemos actualmente se deben a una inversión demasiado baja en las últimas dos décadas” para lo que su pomposo “equipo de tareas de alto nivel” ha propuesto “facilitar redes de seguridad y asistencia a los pequeños agricultores y, a más largo plazo, prestar apoyo a la productividad y la capacidad de recuperación de la agricultura, los planes de protección social, el acceso a los mercados y el comercio justo”. ¿Acaso esto significa que los desnutridos campesinos de Afganistán o Haití van a acceder a los mismos mercados y en forma justa que monstruos como ADM, Cargill o Bunge? ¿O que el hambre puede ser exterminado sin afectar los intereses de los monopolios que lucran con los alimentos mientras miles de millones mueren de hambre? Esto no se puede decir en serio si lo que se busca realmente es terminar con este flagelo.

Para coronar la estrategia de la FAO, su Comité de Seguridad Alimentaria resolvió impulsar una Plataforma mundial para relanzar la seguridad alimentaria, en la que estarían incluidos, entre otras organizaciones de la ONU, organizaciones de la sociedad civil y otros, nada más ni nada menos que los inefables Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio, organismos archiconocidos en los países semicoloniales - donde se concentra prácticamente la totalidad de la población hambrienta del mundo - por la digitación de políticas internas que redundaron en las peores miserias para los trabajadores con desocupación y ajuste salarial, así como las trabas comerciales a los productos agrícolas impuestas por las políticas proteccionistas del imperialismo.

El jefe del Estado Vaticano, el papa Ratzinger, también tuvo mucho que decirnos al respecto: “En particular, el drama del hambre podrá ser vencido sólo ‘eliminando las causas estructurales que lo provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los países más pobres mediante inversiones en infraestructuras rurales...’”.¿Se referirá el cabecilla de la reaccionaria Iglesia Católica a las condiciones generadas por el desarrollo agrícola financiado por los organismos de crédito internacionales que llevaron a países pobres como Haití, que se autoabastecían alimentariamente, a la absoluta dependencia de los alimentos y tecnología de los países imperialistas? Más allá de exhortar a la cooperación internacional para continuar girando recursos públicos a un negocio de apropiación privada y monopólica sin siquiera nombrar el problema de la distribución de los alimentos, a Ratzinger no le quedan más que abundantes bendiciones celestiales “sobre la FAO, sobre los Estados miembros y todo su personal”... no para los hambrientos del mundo, claro está.

Lo que queda claro es que el fin de la hambruna en nuestro planeta no puede depender de los gobiernos de los capitalistas. Mientras ellos se lavan la cara ante las cámaras de TV, los grandes monopolios capitalistas continúan amasando sus crecientes fortunas al compás de la extorsión de los campesinos pobres, de la explotación de los trabajadores del campo, de los transportes, de los supermercados, etc. y del hambre de los que no tienen trabajo. Para acabar verdaderamente con el hambre en el mundo es necesario atacar los intereses de los capitalistas nacionales y extranjeros. Sólo de esta manera se puede planificar la producción y distribución de los alimentos y ponerlas al servicio de las grandes masas en todo el mundo.

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